2 de julio de 2006

¡Viva el desparpajo!


Admirable. Me quito el sombrero, más bien la pamela debido la torridez canicular, ante este asombroso ejercicio de coherencia informativa. Tenía yo ganas de explayarme pero no veía el momento porque, en un escenario de saturación futbolística, no me parecía conveniente dar más la murga. Claro que yo no quería hablar de fútbol; más bien de bocazas, de periodistas que se sientan frente al teclado del ordenador con la misma grandilocuencia que Mozart ante el piano y se liman las uñas y exhalan una pequeña flatulencia antes de decidir a quien desean vilipendiar en esa jornada. De mi paso por la universidad sólo aprendí dos cosas además de perfeccionar el mus; algo que, realmente, se me antojaba imposible. Una profesora comenzó una clase de redacción asegurando de manera taxativa que ni ella ni nadie nos podían enseñar a escribir, que se escribía lo que se tenía aquí (se señalaba la cabeza, por supuesto, aunque a algunos les dé por inspirarse por debajo de la cintura). Ese consejo me alentó pues si era por cabeza uno andaba bien dotado y, de tanto volumen craneal algo resultaría aprovechable. El otro consejo me lo guardé como oro en paño tras una conferencia de Iñaki Gabilondo en la que incidía en huir de la vanidad. "Resulta tentador, cito de memoria, que una chaval o chavala de veinte años que llega a una redacción y al día siguiente está tratando de tú a un ministro que sólo hace unos días sólo conocía por el televisor pierda la perspectiva de su trabajo como servicio público". La sala estaba llena pero me temo que esta sabia recomendación ha quedado en saco roto en la mayoría de los casos. Admiro a Zidane por su fútbol pero, sobre todo, porque fuera de los campos ha demostrado con creces su discreción, humildad y solidaridad. La complicidad de arrabalero a arrabalero también cuenta. Zizou salió de un barrio marginal de Marsella, La Castellaine, y ese don natural para convertir en magia lo que sólo es un juego le sacó de la pobreza, holgadamente, pero no le hizo perder el norte. Nunca olvidó ni a su barrio ni a su gente y eso le hace más grande que cualquier gol por galáctico que sea. De hecho, además de sus muchas causas en favor de los niños, tras su retirada ha solicitado permanecer en Madrid para enseñar a los chavales; una función alejada de los focos como siempre le ha gustado. Cuando los plumillas de pacotilla que claman contra la buena gente pero son incapaces de denunciar la explotación laboral a los que les somete su empresa, a los que muchos han llegado por enchufe de papá o mamá, y los popes que viven fenomenal entre otras cosas del esfuerzo ajeno iniciaron la sarta de insidias, la falta de respeto contra él me revolví contra esa ola de patriotismo casposo y cortijero. He de reconocer que, de perdidos al río, me alegré que el último golazo a nuestra selección, ese motor de la unidad de España al parecer aunque a mi sólo me parecían once tipos tratando de jugar al fútbol, lo metiera él aunque fuese a Casillas, otro de los pocos tipos que tienen los tacos de las botas en el suelo y no levitan por el cielo entre ferraris y calzoncillos de marca. Pues nada, basta con fijarse en las portadas. Ente ambas hay una semana de diferencia. Así se imprimieron y así se lo hemos contado. Lo dicho ¡Viva el desparpajo!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Por estos encantadores de serpientes y bocazas, decía el otro día que me alegraba de que la selección volviera a casa .Aunque no fuera navidad.