Confieso que aquel día desconfié de mi sobrino. Una mañana le vi con la mochila a la espalda camino del colegio y dudaba de si iba a clase, venía de robar de una obra o acababa de secuestrar a los siete enanitos. Por el volumen del macuto bien podría haber sustraído un saco de cemento de cincuenta kilos y media docena de ladrillos. Cuando al chavalote le diga el profe aquello de que el saber no ocupa lugar, fácil que le expulsen del aula después del corte de mangas. Sería comprensible. Yo, si me apuran, hasta le metía un truco al señor docente por vacilón. No es que haya fracaso escolar. Es que hay poca preparación física. Coño, que para llevar los libros y los apuntes hay que tener las mismas cachas que Van Damme. De seguir así los planes de estudio no descarto que mi cuñado y mi santa hermana tengan que cambiar el coche por una furgoneta de mudanza para acercar los libros al niño hasta la escuela. En el caso de familia numerosa ya te ves obligado a fletar un carguero por el Manzanares. Si creen que exagero sepan que en Italia ya han tomado medidas para que las carteras de los chavales tengan un peso máximo. Como las modelos de Cibeles pero al revés. Eso sí, los párvulos pueden estar gordos como toneles. Mismamente 'jartos' de fetuchini. Ahora les han puesto ruedas a las mochilas pero, con todo y con eso, con ese tonelaje te hace falta el carnet especial de transportista y con apenas once años no sé si se lo van a dar. Imaginen que vuelca en la acera ese arsenal de saberes y tienen que cortar la calle por catástrofe nacional. Menudo follón. Nosotros tuvimos más suerte. En nuestra infancia tirábamos de El Parvulito. Un solo libro que era todo un compendio de saberes. España era una (qué tiempos Mariano), Franco era cojonudo, pi eran tres catorce dieciséis y el Madrid campeón de Europa ¿Pa' qué más? ¿Y lo listos que hemos salido? Bueno, yo soy la excepción pero miren Paco el Pocero. Analfabeto y con una yate con el que podrías transportar todos los libros de texto de la Primaria, la ESO y la de más allá. Yo, que fui pionero en las técnicas de vagancia más sofisticadas, hallé ya de adolescente un truco infalible para descargarme de peso y poder fumarme un truja a gusto en el recreo. Por las tardes siempre tenía gimnasia y otra asignatura de corte intelectual. Tiraba de chandal y en el bolsillo del mismo guardaba perfectamente plegada la página del libro que tocaba ese día y que previamente había arrancado en casa a hurtadillas. A mi madre no le hacía mucha gracia y menos a quien heredó el manual. Todavía le queda el latín de segundo. A ver, faltaba todo Cicerón. Sólo espero que mi pobre sobrino no se matriculé en la Universidad a distancia. Sólo le faltaba tener que arrastrar veinte kilómetros la puta mochila. Mejor hacer de rodillas el Camino de Santiago. Además luego ni te examinan o siempre puedes copiarte de un peregrino.
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