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26 de mayo de 2008

MAZAZO PARA LOS INTELECTUALES

Están que trinan los intelectuales. Tanto ojear las solapas de los libros, tanto memorizar las citas de Tagore, tanto ver planos secuencias de Tarkovski, tanto confundir los extintores de las galerías de arte con obras de vanguardia, tanto esfuerzo neuronal para nada. Este es un país de borregos. Más de catorce millones, entre ellos un servidor, se sentó delante del televisor a ver a Chikilicuatre. Qué pena. Con lo bien que nos hubiera ido a esas horas repasar el ideario de Marcuse. Nunca he entendido por qué las cosas han de verse cómo si sólo existiera agua y aceite. Es decir, nunca he comprendido esta severa ley de incompatibilidades que impide ver a Chiki sin que, por ello, dejes de ir a ver una película subtitulada o leas a un autor macedonio. Y desde luego lo que no entiendo ni comparto es la descalificación genérica a quien, en su legítimo derecho a la libre elección, hace lo que le sale de los atributos propios de su sexo. Jamás me verán a mí ir a la salida de la ópera o al ballet a azuzar a los espectadores por haber sido capaces de aguantar lo que a mí se me antoja un sideral truño. Sin embargo, no pocas veces uno ha tenido que soportar cómo algún cultureta incapaz de mantener un diálogo sobre literatura más allá del Código da Vinci se asombra porque a un tipo como yo le apasione el fútbol o el flamenco o haya ido muchas veces a los toros. Sí señor. Me gusta Tom Waits y Marifé de Triana. Más raro es lo del ornitorrinco. Poliédrico que es uno. En el caso de Chiki la cosa se ha desbordado. Acabo de leer con estupor editoriales y comentarios que evidencian que entre la finura intelectual y la soberana gilipollez a menudo hay un línea tan fina como el bigote de una gamba. Lo que nació como un divertimento ha devenido casi en una cuestión de Estado. Lo que se han tenido que descojonar Buenafuente y sus chicos con la que han armado. Que la canción es pésima el que mejor lo sabe es quien la canta. La única diferencia es que ellos apostaron por la frivolidad y se libraron del patetismo que supone intentar hacer las cosas en serio y luego te salgan como si fuera una broma. Vamos, que casi el menos friki de Eurovisión fue nuestro Chiki a pesar de pretenderlo ¿No vieron a dos tipos disfrazados uno de ángel y otro de demonio? Se trataría pues de aplicar el rasero de la justa medida. Lo malo no es que haya existido Chikilicuatre, lo malo es que haya voces que se lo hayan tomado en serio con tantas cosas como hay que merecerían esa rectitud.