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12 de febrero de 2008

YULIO, EL MÁS GRANDE



Ya era hora que alguien lo dijera. Ha tenido que ser él mismo pero sepan desde ahora que no lo hace por vanidad sino por justicia. Dice Yulio que él es, sin duda, el más grande de todos los tiempos. Hombre me tenía que haber visto a mí antes de matricularme en el 'gym'. Tenía lo mío. Aunque él no se referirá a su perímetro torácico, tipo cilindro o diábolo o sabe Dios, sino a su capacidad artística y ahí no puedo por menos que darle la razón. Hay que ser un artista para haber vendido más de doscientos millones de discos con esos truños melosos, almibarados y moñas que muchos insisten en llamar canciones melódicas. Para gustos están los colores que no digo yo que no. Ante todo, respeto y admiración porque resulta desde todo punto asombroso que este hombre, con lo que se ha estirado la cara hasta asemejarse al mismísimo ninot indultat (es posible que ya haya usado este símil; cosas del autoplagio), sea capaz de abrir la boca de cartón piedra hasta el punto de exhalar un lastimero 'hey'. Yulio ni es un truhán ni es un señor. Es un monstruo y no sólo lo digo por los efectos de los planchados cutáneos. Yulio ha llevado el pabellón de España por el mundo desde hace años y aún así ni nos han echado de la ONU ni de la Unión Europea. Por algo será. Qué tiempos cuando el gran Yulio nos representaba en Eurovisión. Ahora hasta nos amenaza Malena Gracia con ser ella quien consiga los 'chupoins' de rigor. Igual padre que madre. Ni siquiera tienen el mismo cirujano plástico. Menos mal que de casta le viene al galgo y la genética es sabia. Ahí tienen a Enriquito. Otro monstruo y no lo digo sólo porque practique el fornicio con la Kournikova aunque sólo por eso deberían ponerle su nombre a un plato del VIP's. Por no hablar de Chabeli cuya aportación a la facturación de la revista 'Hola' ha supuesto una inestimable inyección al crecimiento económico de España ¿Y el peque? El día que rompa a artista nos vamos a enterar. Toda una saga.

16 de diciembre de 2007

¿UNA NAVIDAD SIN PELUCAS?

Me acabo de comprar una peluca fucsia. Dos millones de madrileños no pueden estar equivocados. Soy un demócrata convencido. No entiendo el porqué pero me considero responsable subsidiario de este ridículo colectivo. No descarto adquirir también unos cuernos de alce y unos matasuegras que emitan onomatopeyas clónicas a mis flatulencias. Estamos cerca de la Nochebuena amigos y yo no tengo la culpa. Como serán de entrañables estas fechas que hasta los Hare Krishna han vuelto a casa por Navidad a dar el coñazo debajo de El Almendro. Años ha hacía que no les veía por las calles con sus túnicas anarajandas, su joviales saltos, sus nítidas calvas ajenas a esta epidemia capilar de las putas pelucas, sus panderos golpeados con donosura y gracejo y, sobre todo, canturreando ese estribillo que, sin ánimo de ofender, de tan simple convierte en clásicos a los temas de Fran Perea. Ya saben. 'Hare Krishna, hare, hare...' y vuelta a empezar. No es que tenga yo nada en contra de ese torrente de espiritualidad pero, qué quieren que les diga, me quedo con las chirigotas de Cádiz. Igual no te ganas el cielo pero una terrenal jartá a reir sí que te llevas. Hare, hare; eso sí. De vuelta a las pelucas, asunto que me obsesiona sobremanera, lo que no acabo de entender muy bien es la falta de sintonía entre la supuesta alegría que desemboca en esa pérdida total del sentido del ridículo y algunos caretos de sus usuarios. Ayer sin ir más lejos (para qué con lo bien que se está en casa sobre todo en estos días cuando vives cerca de la Plaza Mayor) observé estupefacto como un grupo de seis mozos, tirando a estilo gañán, iban tocados cada uno con una de ellas de diferentes colores y lejos de celebrar ese atuendo tan pizpireto iba con la cabeza gacha como si les hubieran despedido del curro después de la cena de empresa. No saben qué impresión da. En fin ¿Quién se inventó aquello del vuelve a casa por Navidad? Hay que ser cabrón.