Ayer fui de visita al dentista. Ya sé que como argumento para una aventura de El Principe Valiente acaso no sirva pero en mi persona tiene gran mérito. Los dentistas vienen a ser la versión sanitaria de los gerentes; profesionales a quienes se les guarda inquina ya sea en calidad de paciente o de empleado por su necesaria aunque ingrata labor. Tengo a gala haberme levantado del sillón torturador presa del pánico en un par de ocasiones previas a la extracción de un molar. En una de ellas me llevé hasta el babero ese de papel que te colocan y no me di cuenta hasta que no estuve en la calle. Puede parecer una chiquillada pero baste añadir que, en ambos casos, ya había cumplido el servicio militar. Es decir que eso de que el valor se supone que se decía en el cuartel es mucho decir. Lo cierto es que la ciencia avanza que es una barbaridad y últimamente acudía a él con menos temor. Eso fue hasta ayer cuando fui porque se me había caído un empaste y cuando salí se me habían caído los pelos del sombrajo. Una amable señorita me pidió mis datos, no tantos como quisiera ya que la moza estaba de buen ver, y me aseguró que guardarían su confidencialidad. Estuve a punto de preguntarle si esa cláusula también la afectaba a ella pero sólo pensar la cara que me hubiera puesto me callé. Seguidamente, después de una prolija charla que me produjo un amago de vahido dada mi aprensión, me introdujo en una salita, me hizo morder un pitorro preservado con latex (dicho así suena muy Cicciolina) y un aparato tipo Robocop empezó a dar vueltas alrededor de mi cabeza, es decir, estuvo un buen rato. De allí me llevaron con la doctora que me examino los piños con el mismo afán que si fuese a correr cual equino el derby de Ascott el próximo domingo. Con la boca abierta, por exigencia de la tarea y por la estupefacción ante lo que escuchaba, aprendí nuevos vocablos que entre ellas utilizaban como claves de espionaje. Exo resto radicular en el 14, perno muñón indirecto seminoble en el 37, corona procera alumina en el 22, curetaje de un cuadrante y así una larga enumeración. A cada vocablo un sonido similar al de las máquinas tragaperras retumbaba en mi cerebro. No me equivoqué. Quedaba lo peor. El presupuesto. Todo informatizado eso sí. Dibujito alusivo de la piñaca con los ornamentos correspondientes, minuciosa descripción del proceso y, en resumen, algo más de un kilito de los de antes. Salí con la boca abierta aunque hube de cerrarla de inmediato no me fuese a entrar algún germen más y subiera la factura. En fin, cuando pude respirar, después de mirar a la parte derecha de la pantalla para ver la acumulación de sumas, igual que hago en los restaurantes caros que leo de derecha a izquierda como los árabes, le pregunté cómo quedaría. Por lo menos esperaba una dentadura tipo Brad Pitt y una esposa acorde a ese dispendio, pero me temo que no. Un kilito para poder seguir comiento chuletón de Ávila. Bueno, no es Angelina Jolie, pero tampoco está mal.
13 de julio de 2006
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1 comentario:
Si quieres un consejo (aunque quien aconseja, no paga),vete a Cuba . Te pasarás unas vacaciones en el Caribe ,vendrás con la dentadura nueva,darás de comer a varios necesitados, y te sobrará dinero.Eso sí, no vayas en verano, pues te asas .En invierno es lo ideal.
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