Soy aerofóbico perdido; repito, aerofóbico que no aerofágico aunque a veces la fisiología pueda más que la continencia. Me da pánico subir a un avión aunque sea en el Parque de Atracciones. Por obligación me he visto postrado en muchas ocasiones en esos incómodos asientos sudando como en la antesala de la silla eléctrica, agarrado con las uñas a los brazos de la butaquilla cual halcón peregrino, resoplando igual que una cafetera de la postguerra, viendo a esas señoritas explicarnos qué hacer en caso de que nos falte oxígeno (a mi cómo que me da igual porque cuando subo ya no me riega el cerebro, ni siquiera sé si me riega bien en tren). Nadie sabe a qué límites de irracionalidad lleva el miedo. Les juro que no me levantaba a miccionar por si la pérdida de mi peso en un pasillo desequilibraba el aparato. Si la azafata, que igual acababa de cortar con su churri, no venía sonriente, chungo, cuando sonaba el puñetero timbre previo a algún mensaje peor; ya verás se ha quemado un motor lo primero que pensaba siempre tan optimista, cualquier cambio de ruido en los sistemas de propulsión y ya estaba escribiendo el testamento en un trozo de papel de váter. Y esos despegues. Por Dios santo, cuando ya se eleva el morro de ese monstruo y asumes horrorizado que ya no haya nada qué hacer, que ya es irreversible, que ya estás al albur de la tecnología y de esos tipos que conducen esa aberración del progreso sin ni siquiera mirar hacia delante, que lo he visto yo. En ninguno de los viajes, que han sido unos cuantos, he sufrido ningún percance o sea que, imaginénse, si hubiera acaecido algún contratiempo. Sí recuerdo, como anécdota pintoresca, que en un vuelo entre Lima y Santiago de Chile una risueña azafata, nada más alcanzar eso que llaman velocidad de crucero, se puso frente a los pasajeros y, toda jovial y jacarandosa, organizó un bingo en pleno vuelo. Cuando se acercó a ofrecerme el cartón tuve que decirle que me sentía incapaz de mover los brazos y, por supuesto, de cantar línea con la voz quebrada por el espanto ¿un bingo a miles de metros de altura? Valiente chaladura, señorita. Menos mal que siempre están los consoladores (me refiero a la aplicación estricta del verbo en las personas humanas, no a ningún artilugio que precise pilas); esos amigos, vecinos o metemeentodo que sueltan: "no sé por qué te da miedo, es el medio más seguro y además, si te pasa algo, ni te enteras, te matas y ya está". Da gusto; no sé cómo con tantos años no he recapacitado sobre tan singular ventaja. Con estos antecedentes supondrán que la huelga de pilotos me importa menos que una higa, pero no. Uno está siempre ojo avizor al pulso de este nuestro país y no puede por menos que salir en defensa de este colectivo tan solidario y, sin embargo, tan vilipendiado. No me lo explico. No sé porque se les puede reprochar que exijan que se les asegure el sueldazo hasta que cumplan los 65 años aunque sea a costa de vender toda la flota de aviones. Si eso es lo que había que hacer, vender los aviones, recuperar las calesas, pasear tranquilos por la tierra y no subirnos por allá por los aires, que eso no es natural hombre, que no hay Dios que entienda cómo pueden volar esos bichos. Tanto viajar tanto viajar. En casita o a tomar el aperitivo y si quieres conocer mundo pues en autobús. Anda que no hay ofertas tentadoras. Conozca toda Europa en diez días. Eso que ven allí es la Torre Eiffelllll.....y a la derecha el Partenóóóónnnn. Y si no anda que no hay canales. Hay uno que se llama Viajar (tampoco se han arriesgado mucho en el nombre) que te permite tirarte el rollo sobre las costumbres de los mandriles en el Matto Grosso mientras estás tirado en el sofá comiendo unos torreznos. Gloria bendita.
8 de julio de 2006
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3 comentarios:
Miedo lo que se dice miedo a volar,de momento no he tenido, pero una miaja de repelús y esa sensación cuando despega , en la que piensas que la cosa está en el aire y que pase lo que pase...sí.
Los asientos tan juntos y no poder fumar ni en el retrete, ya me molesta más.
y me pregunto yo si en los retretes móviles de Valencia habrá para fumadores.Pues sin fumar....ufff qué peste .
Yo no podría sujetar ni el cigarro aunque me dejaran fumar. Hace diez años que no cojo uno y creo que me tendré que armar de valor porque quiero conocer New York y en barco como que da pereza. Claro que sólo pensar en los controles de seguridad casi es peor que el avión, encima que ahora estoy moreno me confundirán con el sobrino-nieto de Bin Laden
Si vas a N.Y, no se te ocurra como a mí ir en invierno.Aquello sí que es frio.
La verdad es que allí paré poco, en Miami y Nueva Orleans se estaba muy bien.
Después de negarme el visado dos años antes, me presenté allí sin él y me dejaron entrar.Ahora sería más difícil.
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