24 de junio de 2006

Y me lo iba a perder

Estaba deseando llegar a casa y contarlo. Anoche fui a un concierto. Ya sé que así, tan escueto, no suena muy apasionante; vamos que no tiene nada que ver con la vida tumultuosa de Ava Gardner ni posiblemente me inviten por ello al Diario de Patricia o a una entrevista de Gabilondo, pero para mi, hombre anodino y sedentario donde los haya, tiene su importancia. Creo que el último al que asistí fue el début de Massiel, época pre-Lá, lá, lá (es un embuste pero queda medio gracioso ¿no?) Además fui y volví en Metro y eso ya no es importante en mi persona sino casi milagroso. Pues sí, ahí estaba yo con la pulserita, en ese multiconcierto con multiescenarios y multipantallas gigantes y con un listado de actuaciones que más que el cartel de un espectáculo musical se asemejaba, por su cantidad, a un reclutamiento de milicianos en periodo bélico. Iba yo dispuesto a todo y en compañía inmejorable de atractivas y estupendas mozas (sí, sí, no crean y además de una envidiable edad que se presta a pensar que Franco fue un señor bajito que salía en los sellos). Pues eso, que iba presto a que me pisarán los juanetes al ritmo de las rimas del hip hop (qué puesto estoy), a que me pusieran la camisa plagada de lamparones de kalimotxo hasta que pareciera un dálmata, a dar un caladita a un porrillo aun a riesgo de tener que evacuarme el Samur en helicóptero o a compartir algún mini con algún tipo con la dentadura contaminada por el sarro. Para una vez que salgo; pues eso, a quemar Madrid, creo que se dice (nada moderno por otro lado; ya Nerón, sin aspavientos, lo hizo con Roma). Tras una hora de viaje en Metro, previa confusión de líneas, por mi culpa por supuesto, y con tantos transbordos que a punto estuvimos de pernoctar en una estación para proseguir viaje al día siguiente, por fin enfilamos la entrada a ese paraíso de luces y decibelios y allí estaba yo, a los pocos minutos, viendo a unos tipos en un escenario saltar como batusis mientras proferían ripios que elevaban las citas del calendario zaragozano a la categoría de poesía de vanguardia. En fin, que una hora de viaje para diez minutos de concierto. Aguanté menos que un asalto con Tyson. Y eso que había desempolvado los abalorios de plata y a punto estuve de pegarme con un chicle un 'percing' en la ceja, pero que no había manera. Cuando el bostezo asedia, la voluntad se anula y los esfuerzos por menear aunque sólo sea el dedo gordo del pié caen en saco roto. Desilusionado y abatido por mi inadaptación abandoné aquel recinto no sin antes cruzarme con un joven que proclamaba su estado de ebriedad con el mismo énfasis que si hubiese aprobado la selectividad (¡¡¡llevo un pedo!!! vociferaba orgulloso como si no nos diéramos cuenta de que de un examen de matemáticas, desde luego, no venía) y otros que, con sus brazos sobre los hombros unidos en perfecta armonía, vociferaban vocablos satánicos o eso me pareció. De regreso iba yo a coger un taxi pero me remordía la conciencia pequeñoburguesa y opté de nuevo por el Metro. Y allí me senté entre adolescentes que regresaban al hogar cuando, de repente, en la estación de Ventas una multitud invadió el vagón y me sobresaltó sobremanera. Los fans de Shakira, que por lo visto actuaba en la plaza de toros, cantando imagino, volvían de su concierto todavía con las pupilas dilatadas después de ver a su diva. Y allí seguía yo; sentado frente a los pechos de unas bellas quinceañeras. Antes de que alguien pueda pensar lo que no es aunque lo parezca, diré en mi descargo que esa casualidad se debía a las diferentes alturas de nuestras ubicaciones. Es decir, ella bajita y de pié y yo estatura media y sentado. No obstante, he de admitir que la cercanía era tal que cualquiera me puede preguntar una a una las estaciones de cada línea porque me dediqué a mirar los paneles para evitar la dirección natural de los ojos y eludir así malinterpretaciones y acusaciones infundadas (cuánto me acordé del Dioni en ese momento). En fin, que con tanto azoramiento hasta eché de menos a algún taxista con la sintonía de la Cope que me invitara a una charla coloquio sobre los temas de actualidad. Esto me pasa por aborrecer la tuna; porque, quiera o no quiera, eso es lo mío y eso duele, duele mucho. No saben cuánto.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Y las atractivas mozas,¿ se quedaron en el concierto?Deberías haber aguantado, y lo mismo tendrías un buen recuerdo del concierto o de lo que hubiera podido ocurrir.

cambalache dijo...

Por supuesto que se quedaron, casi fue lo peor

Anónimo dijo...

Pues yo también asistí a un concierto el viernes, bueno a varios. Y también fui con un chico de la época de “ese señor de los sellos”. Y me tocó beber calimocho (porque, por lo visto, hace mejor pareja con los porros que una cerveza), aunque la gente con quien compartí la bebida parecía tener la dentadura muy sana....
Pero yo opté por coger un taxi (quizás con el afán de llegar a ser alguna vez pequeñoburguesa). Y me tuvieron que quitar la pulserita a mordiscos porque no había ningún objeto cortante cerca...
En fin.. al menos la experiencia te ha servido para escribir un post con el que, como siempre y como poco, nos haces sonreir.

Saludos!!

cambalache dijo...

Es cierto, las pulseras deben habelas importado de Guantánamo