15 de junio de 2006

Gente rara

Comparto inmueble con un renombrado restaurante especializado en cebar a grupos de ciudadanos extranjeros que asisten a congresos o se desmandan en viajes organizados. Sus chimeneas, las de la posada claro está, hasta un número de tres y de un grosor propio del Titanic, distan apenas unos metros de mi terraza y el humo aromático del cordero y del cochinillo provoca en mi perro levitaciones al olor de las viandas. A mi, por el contrario, me viene a producir una sensación parecida al impacto contundente en las partes anatómicas propias de mi sexo. Si no se han hecho una idea, resumo: una sensación similar a una patada en los huevos. En fin, después de este desahogo doméstico que, dirán y con toda la razón, que les resulta altamente indiferente, venía yo a aportar ciertas disquisiciones, por supuesto ramplonas, sobre las costumbres de esta tipología comúnmente agrupada bajo el término 'guiri'. Cuando regreso del gimnasio ('gym' acostumbro a decir para rebajar algo mi asilvestramiento consustancial) a eso de las ocho de la tarde, con el sol aún en lo alto sonrojando sus cutis transparentes, allí les veo en marcial formación esperando con gran educación para entrar en ese paraíso de la grasa y el colesterol. Ellos lucen a menudo bermudas y dejan al aire sus canillas y ellas gastan floreados gorros tipo Torrevieja, nada que ver con Audrey Hepburn, más bien otro estilo definido porque parece que les ha caído de un quinto piso y no se han dado cuenta. En el caso de los congresistas el atuendo es más elegante y todos lucen una identificación por si, después de la ingesta de los caldos de la tierra y la grasaza del pequeño gorrino, ni siquiera se reconocen a sí mismos ¿Señor mío, cómo puede uno endilgarse una pata de cordero para cenar cuando todavía es de día? ¿Qué tipo de gente nos visita? ¿Por qué gritan tanto si no se les entiende nada? ¿Por qué los jovenzuelos más rumberos todavía preguntan con acento atroz que dónde está la marcha? Hace años, en un viaje a Francia, aunque no parezca hombre de mundo he tenido mis aventuras en distintos continentes, en concreto en África, para ser más exacto, en Ceuta, me compré un reloj, fui con un buen amigo a comer a un restaurante. Era la época dorada de Induráin y pensábamos gozosos comer allí y presumir de españoles (ay si me hubiera conocido Rajoy entonces). Serían las dos y veinte; después de manejarme en mi francés de andar por casa (por la mía porque no había Mon Dieu que me entendiera) el tipo nos miró con cara de asco y nos dijo que ya no daban de comer porque era demasiado tarde. Fue el año en que más me alegré de que el ciclista navarrico ganara el Tour, también el verano que más hambre pasé. Cabe recordar que tampoco pudimos comer postre porque, por aquel entonces, nos quemaban los camiones de fruta. Ahora ya no lo hacen pero siguen comiendo a horas impropias. En este caso el mundo sí puede estar equivocado. No es de recibo comer a las doce de la mañana cuando uno anda quitándose las legañas con un serrucho; claro luego ellos prosperan y nosotros no, pero así cualquiera. Cuando estás mojando el churro, hablo del desayuno, un sueco ya se ha ventilado la tramitación de cien nóminas, cuando bajas al aperitivo, el mismo tipo ha comido en diecisiete minutos y ya está dándole que te pego al ordenador y cuando tú, después del vermut, precisas una siesta por prescripción médica y derramas la babilla tirado en el sofá mientras oyes a lo lejos El Diario de Patricia, el individuo en cuestión ya ha salido de trabajar, se ha leido la prensa, ha visto una película de Bergman y está casi cenado. No sé para qué entramos en Europa; llevamos ya veinte años y no han aprendido nada.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo malo no es que no hayan aprendido nada, sino que nos están europeizando a marchas forzadas para mal.Los sueldos aquí siguen más bajos y la marcha cada vez menos y más cara.!Acabarán con la siesta!Al tiempo.

cambalache dijo...

No digas eso por Dios; por ahí sí que no paso

Anónimo dijo...

Ja ja ja ja....!

(Sé que no es nivel para un comentario, pero qué quieres, me hace mucha gracia!)

Saludos.

cambalache dijo...

Es, sin duda, el mejor comentario y el que más satisface y se agradece porque ese era el objetivo. Un beso